Leiqueros y leiquistas en la Córdoba de posguerra
Familia cordobesa retratada por un leiquero en la plaza de las Tendillas |
En el blog no suelo hablar de cámaras y equipos, pero creo que a muchos les sonará alguna de la sagrada trinidad de las marcas de cámaras fotográficas: Sinar, Haselblad y Leica. Esta última, quizás, sea la más conocida entre los profanos por ser la cámara que utilizaron leyendas como Robert Capa, Cartier Bresson o Alberto Korda. Por ello es sorprendente que el nombre de está icónica y carísima cámara fuera la que diera nombre a los fotógrafos más modestos en el escalafón de la profesión: los leiquistas o leiqueros. Un apelativo que, no sin cierta guasa, adquirieron estos retratistas por usar cámaras tipo Leica, de 35 mm. Hoy son unos profesionales casi desconocidos, a pesar de que es raro el álbum familiar que no tenga más de una de sus fotografías entre sus páginas. Además, sus años de actividad son relativamente recientes, ya que en España estuvieron operativos en las grandes ciudades desde el final de la Guerra Civil a los últimos años de la década de 1960.
Una madre con sus hijos cazada frente a San Nicolás |
Los leiquistas eran fotógrafos callejeros que se apostaban los domingos y festivos en las plazas, calles y avenidas más concurridas a la hora del paseo. Allí, realizaban retratos a los viandantes de forma espontánea y furtiva, en muchas ocasiones, sin que el público se diera cuenta. Tras la toma ofrecían a los endomingados cordobeses la fotografía a un precio muy asequible y si estaban interesados les tomaban nota de la dirección para entregársela en casa. Un modus operandi que realmente implantaron otros retratistas anteriores y que son aún menos conocidos: los cine-retratistas. Estos, como imaginaréis, utilizaban una pequeña cámara de cine para conseguir una mayor rapidez de disparo y de los que no he llegado a localizar ningún operador en Córdoba.
Un grupo de soldados de paseo |
Estas imágenes llegaron a ser muy comerciales, tanto por su economía como por la facilidad que ofrecían a las clases más populares para conseguir su retrato. No obstante, su forma de trabajar generó muchos conflictos, con los mismos viandantes que en algunos casos eran asaltados de forma brusca e incluso acosándolos y, sobre todo, con sus colegas de galería, quienes plantearon numerosas quejas a las autoridades locales, por su competencia desleal. Una situación que obligó a los fotógrafos de estudio a solicitar permiso al Gobierno Civil de Córdoba para poder abrir sus negocios los domingos y festivos en 1945. Eso sí, a cambio concedían a sus trabajadores tiempo suficiente para ir a misa. Estéticamente, sus fotografías son muy repetitivas, ya que la propuesta era simple y siempre idéntica. Salvo las pequeñas variaciones de su ubicación. Eso sí, aportan cierta frescura a un género ya agotado, con imágenes llenas de vida en un paisaje urbano real frente a los acartonados forillos de los estudios y la rigidez de sus poses. En cuanto a su formato, siempre se trataba de copias de muy pequeñas dimensiones, lo que les permitía ofrecer unos precios muy bajos. Unas impresiones de tan pequeño formato que difuminaba la escasa calidad de sus cámaras y objetivos y ocultaba sus limitados recursos técnicos. A pesar de ello, a mí me parecen fotografías no solo entrañables, sino que son un documento de gran interés para mostrar cómo era la sociedad y la ciudad de su tiempo.
Otra vez el leiquero de San Nicolás fotografía a un padre con sus niños |
Hoy, ese carácter callejero y de fotografía pobre, las pequeñas copias nunca aparecen firmadas, nos impide aportar un listado de los numerosísimos nombres que la practicaron en la ciudad. Uno de los pocos leiqueros cordobeses que conozco fue el gran reportero local Francisco Martínez Jurado, FRAMAR, compañero durante un buen puñado de años en el Diario Córdoba. Paco se inició en la profesión precisamente en la fotografía callejera, en 1948. Al principio atraído por la cámara, pero también como una forma de conseguir los fines de semana un sobresueldo que no interfería con su trabajo de administrativo en esos precarios años de la autarquía franquista. Según me contaba Paco, un amigo le ofreció trabajar en la plantilla de fotógrafos callejeros de su padre. Este, tras enseñarle en una charla el mecanismo de la cámara y la forma de abordar a los posibles clientes, lo contrató a comisión del 50% de cada fotografía vendida.
En nuestra ciudad, los lugares más habituales donde se apostaban eran la plaza de las Tendillas, la calle Gondomar y el Gran Capitán. Tras la toma, Paco, que también introdujo en la fotografía callejera a su hermano Pedrito, entregaba los carretes al estudio, que se encargaba de revelarlos y enviar las copias al cliente con un cobrador. Con el paso del tiempo, los leiquistas abordaron nuevos encargos, como las fotografía de ceremonias y eventos, donde se presentaban sin haber sido contratados en bodas, bautizos y comuniones. Una costumbre que dio origen a una nueva especialidad fotográfica: la fotografía social o BBC, ya que por entonces la costumbre era ir a la galería a retratar al bebe, al niño vestido de marinero o, después de la iglesia, a los novios. No obstante, en Córdoba, y hasta no hace tantos años, aún era muy común encontrar a compañeros ofreciendo sus servicios fotográficos en eventos de las peñas, actos culturales en el Círculo de la Amistad e incluso en los campos de fútbol aficionado, donde Pepe Priego, una institución en el mundo del balompié cordobés, retrató a miles de equipos de todas las categorías del deporte rey.
Un pequeño fotografiado con su TBO y su padre por Gondomar |
Los leiqueros fueron el penúltimo escalón en la vulgarización de la fotografía profesional, iniciada en la década de 1880 con la introducción de los negativos al gelatinobromuro. Unas placas que por su sencillez de manejo permitían el acceso a la profesión a personas con una cualificación profesional cada vez más inferior. Sin embargo, los leiquistas acabaron por extinguirse en la década de 1960. Y es que con la mejora económica de las clases populares del país, en casi en todos los hogares proliferaron las cámaras de aficionados. La última frontera de la fotografía que ahora, por fin, permitía a todo el mundo, mucho antes de la llegada de los teléfonos inteligentes, convertirse en fotógrafo de su propia historia.
Una madre con sus hijas en la plaza de las Tendillas |
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